En aquel tiempo el mar llegaba hasta el borde mismo de la ciudad y en las noches de luna llena podíamos contemplar el reflejo de los edificios mientras caminábamos por el paseo del puerto. Teníamos entonces 16 años y recuerdo que nos cogíamos siempre de la mano. Una noche vimos un pez saltar de las tranquilas aguas de la bocana y por un momento se diluyó esa imagen de la ciudad reflejada. Eran noches suaves y el recuerdo les ha dado un sabor dulce que a lo mejor no siempre tenían. Porque eran tiempos difíciles; el país entero parecía contener la respiración mientras el dictador agotaba sus últimos días de vida en la cama de un hospital.
Todo tenía un aire de inminencia e intuíamos que el final estaba próximo. Y cada cosa que hacíamos: una tertulia, una asamblea en clase, una manifestación, incluso un baile en el instituto o un beso adquirían una dimensión política, porque creíamos que de algún modo contribuirían a cambiar las cosas. Era un mundo precipitado, pero era bello bailar al borde del abismo y sentir la tierra removerse bajo nuestros pies. Teníamos esperanza.
Y, además, siempre teníamos aquella otra ciudad para huir: la reflejada por el mar, esa otra arquitectura, marítima, imaginada sí, pero de límites más precisos, de contornos mejor perfilados que la real, y a la que acudíamos siempre para refugiar nuestros temores adolescentes.
Porque en el fondo no éramos plenamente conscientes de lo que estaba pasando, ni siquiera imaginábamos lo que ocurriría después. Y casi sin darnos cuenta el país fue cambiando, cambiamos nosotros y también lo hizo la ciudad.
Ahora, más de treinta años después, el cemento ha penetrado en el mar y la ciudad ha quedado tan lejos que ya no se refleja en él.
