Crimen en la discoteca

Crimen en la discoteca

Más tarde supe que primero se había escuchado el grito y después la detonación, y que entre ambos sonidos hubo un prolongado espacio de silencio, un periodo de 10 o 12 segundos que al final resultó ser la clave de tan aborrecible asesinato. Al parecer, Dios, Alá, el espíritu del bosque o quién quiera que maneje este cotarro quiso darle una oportunidad a aquella desdichada joven, pero ésta no supo aprovecharla o no quiso. Tal vez su muerte fuese el horrendo tributo que debía de pagar a una pecaminosa vida alejada del recto camino que conduce a la salvación eterna.

El hermano de la puerta me miró de arriba abajo y se giró, dándome la espalda, con un gesto de indisimulado desdén y desaprobación.

Disculpe, Guardia Civil! -le anuncié, apartándole de malos modos con la placa.

Normalmente a las cuatro de la madrugada no tengo muchas ganas de introitos y me salto la homilía.

Perdón, no creía que usted… -intentó disculparse el armario por no haber sabido reconocer a un miembro de la Benemérita en ese desaliñado individuo que se abría paso hacia el interior del tugurio.

Dentro de la discoteca olía a casa de abuela por la tarde, a misal, rosario y a alacena con polvorones de Toledo pasados de fecha, pero me invadió una sensación reconfortante al reconocer en ese dulce y abigarrado aroma mi propia infancia, mi litúrgico pasado de misas, catequesis y comuniones con el estómago vacío y a punto de reventar del dolor que provoca el ayuno.

Solo una débil luz cenital iluminaba la gran sala de baile, aquí y allá se disponían en sectaria disposición velas, velones y grandes cirios apagados. Hacía frío, un frío catedralicio. Y era, además, una gelidez maligna, como si el autor del crimen permaneciese todavía por allí, entre nosotros, observando el horror que había causado y reconfortándose con nuestro pavor.

La sargento Arellano ya estaba allí, de pie frente al cadáver, mirándolo en un silencio catecumenal, como esperando una respuesta que evidentemente no iba a darle a menos que creyese en los milagros de nuestra señora. Y Arellano solo confiaba en su instinto y en su pistola. Mira, me dijo una vez en el coche patrulla, si alguna vez naufrago en una isla espero tener conmigo mi arma reglamentaria. Hay mucho hijoputa suelto en esas islas.

Arellano iba en vaqueros y se había recogido el pelo con uno de esos lápices amarillos del número 2. Un día me descubrió mirando, embobado supongo, cómo se lo colocaba y la muy borde me soltó que más de un novio se había pinchado alguna vez. En la cama imaginé yo.

La verdad es que el rostro de la chica, su tranquila expresión y sus ojos azules dulcemente abiertos, no evidenciaban que estuviera muerta. La terrible certeza del fatal óbito la constituía el hecho de que la cabeza ya no formaba parte de la unidad corporal, porque estaba a unos tres metros de su malogrado cuerpo.

La visión de Arellano primero y la del cadáver fragmentado después, me habían impedido darme cuenta de que no estábamos solos allí. Entre las sombras apareció un hombre joven, de negro, con alzacuellos. Sostenía un libro entre las manos. Padre, le dije, creo que la finada ya no va a necesitarlo.

Pero usted sí –me advirtió.

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Acerca de Joaquín Núñez

Periodista.
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