Una tarde de invierno

Beso

Esta mañana he encontrado tu fotografía entre las páginas de un viejo libro de Lawrence Durrell y he acariciado durante un rato tu rostro impreso, deteniéndome sobre tus labios y tu cuello, recordando.

Nos conocimos mientras yo leía ‘El Cuarteto de Alejandría’ y tú estabas acabando una novela de Anatole France. Yo entonces no paraba de leer. Y tú más adelante me dijiste que tampoco levantabas la mirada de los libros, así que resultaba altamente improbable que nuestras vidas se cruzaran, que nuestras miradas coincidieran en algún momento. Pero lo hicieron. Sucedió

Yo en aquel tiempo vivía en un pequeño apartamento en la parte antigua de la ciudad y solía tomar café debajo de casa, siempre en la misma mesa, junto a la ventana. Un día, al caer la tarde, observé que no estaba solo. Había una chica leyendo junto a mi mesa. Habías estado allí todo el tiempo. Un mechón de pelo te caía sobre el rostro y tus esfuerzos por recogerlo acababan siempre en fracaso. Llevabas unos guantes de esos que dejan los dedos al aire y una bufanda anudada te protegía del frío. Apareciste de nuevo al día siguiente. Te sentaste en el mismo lugar, con un té, y te sumergiste en la lectura, mientras yo, intrigado, te observaba, ajeno ya a las páginas de mi libro.

Si te aburre Durrell, deberías cambiar de autor. No has avanzado casi nada en toda la tarde, me aconsejaste. Recuerdo tu voz dulce, tu sonrisa retadora, pero me acuerdo sobre todo de tu mirada cómplice. Supe entonces que pertenecíamos al mismo mundo, un universo solitario de letras y decepciones, y que de alguna forma tú habías estado siempre allí, sentada a mi lado, leyendo.

Durante las dos semanas siguientes solo hablamos de libros. Nos besamos con Marcel Proust y nos acariciamos mientras recitábamos a Cesare Pavese. Un día deslizaste tu fotografía entre las páginas del cuarto tomo de El Cuarteto de Alejandría. Y desapareciste.

Te traté de olvidar con otras chicas, con más lecturas. Y esta mañana he vuelto a ver tu rostro y a leer la nota que escribiste y que tantas veces me mortificó. Y la entiendo. Ahora intuyo tu dolor, porque las ataduras que te obligaron a dejarme son ahora las que me retienen a mí.

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Acerca de Joaquín Núñez

Periodista.
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4 respuestas a Una tarde de invierno

  1. Sira dijo:

    Muy bueno, me encanta

  2. María dijo:

    Simplemente, precioso.

  3. ana dijo:

    Sencillamente, precioso! Me ha encantado!:-)

  4. Veronica dijo:

    Me encanta!

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